4 de junio de 2016

Expatriaciones repetidas

Siempre intento buscarle el lado bueno a la expatriación, no porque yo sea una persona positiva o con tendencia a ver todo color azul cielo, más bien soy crítica y negativa y con tendencia a ver el lado malo de las cosas. El positivismo no es algo natural en mí, tengo que autoimponermelo. 

Con la primera inmigración llegué a la conclusión de que si no intentaba buscar y saborear la parte buena de mi situación iba a vivir en la amargura constante y yo no quería eso ni para mí ni para mi familia. Además de darme cuenta de que por muy enfadada que yo estuviera el mundo seguía girando sin esperar a que se me pasara la rebequería.

Así que la mayor parte de las veces que escribo lo hago en positivo, como reflejo de mi manera de afrontar la cotidianedad. O intento contrarrestar lo negativo con lo positivo: no tienen a la familia cerca, conocen a genten de todo el mundo. No celebrarán las tradiciones de su cultura de origen, conocerán otras.... Así me ha ido funcionando y así intentaré seguir aunque no siempre me resulte fácil, porque mi negatividad natural intenta tomar el control de mis pensamientos.

Últimamente me está costando mantener ese positivismo a flote. Me da por pensar en los efectos que tendrá a largo plazo este modo de vida que llevamos, semi-nómada. Porque no es lo mismo cuando alguien emigra y pasa x años fuera y vuelve, que cuando alguien emigra y no vuelve, o cuando la emigración encadena varios países seguidos (lo que está siendo nuestra manera).

Sé, como os decía que hay una parte buena. Los cambios no nos asustan tanto como a otras familias con vidas más estables, los niños son flexibles, se adaptan rápido, hacen amigos con faciliadad. Conocen cosas porque las han vivido, no porque las hayan leído, entienden valores que han experimentado...

Ahora bien, lo negativo pesa mucho también. No tienen a su familia cerca, no han experimentado relaciones largas y duraderas de amistad, sí esa amistad infantil en que hoy somos muy amigos mañana nos enfadamos y pasado lo olvidamos. Ellos no saben que es eso. No tienen tradiciones asumidas como propias. No saben lo que es la estabilidad. Tienen que romper vínculos constantemente. Soportar el nerviosismo de sus padres con cada cambio. En casa es tan normal el cambio que el Kirikito a menudo me dice "cuando nos cambiemos de país quiero hacer clases de piano, o tener una bici, o llevarme mis juguetes..."
 
Hay momentos en que me entra el pánico y pienso en los efectos que tanto cambio tendrá para ellos a largo plazo. Ahora parecen felices y eso al menos me tranquiliza. Pero cuando sean grandes: ¿Sabrán vincularse? ¿Podrán tener relaciones afectivas duraderas (no me refiero sólo a pareja)? ¿Tendrán dificultades con las rutinas? ¿Se aburrirán con facilidad y estarán en una búsqueda constante de nuevas experiencias? ¿Nos echarán en cara no haberles proporcionado más estabilidad? ¿O pasará lo contrario y tendrán fobia al cambio?

Cuando entro en estos bucles de lucha encarnizada entre lo "correcto" y lo "incorrecto" lo único que consigue calmarme es la premisa que impera en mi vida desde que me coinvertí en expatriada: toda ganancia conlleva pérdidas asociadas de las que es imposible deshacerse. Así que escoja lo que escoja estoy perdiendo o, visto en positivo, escoja lo que escoja estoy ganando.  Lo único que tendría que preocuparme es que sean felices, y ahora lo son. Y respecto a su futuro bienestar por desgracia no lo garantiza ni el cambio ni la estabilidad. Así que supongo que me toca tomar aire y seguir luchando con la esperanza de que lo "bueno" de nuestras elecciones les pese más que lo "malo".




20 de mayo de 2016

No es fácil quererme

No es nada fácil, no.

Pienso en todas las veces que me has podido necesitar y no he estado.

Las veces en que estabas triste y necesitabas un hombro amigo o un abrazo y no he podido dártelo.

Aquellas ocasiones en que tenías una alegría y te apetecía compartirla conmigo, pero yo estaba lejos.

Cuando no podías más con el curro, tu pareja, tu familia o la vida y querías tomarte unas cervezas y echarte unas risas para olvidarte de todo. 

Sé que tienes otras personas con las que compartir, pero hay momentos en los que quieres que sea yo y no puede ser.

Incluso cuando estoy tienes que conformarte con pedacitos de mí, porque tengo que repartir lo poco que ofrezco.

Las llamadas y los mensajes nunca son suficientes, lo sé. Nunca tengo tiempo. Ando siempre liada desempacando cajas, buscando colegio, conociendo la ciudad. Estoy permanentemente cansada.

Sabes que a veces te miento y te digo que estoy bien para no preocuparte. Y juegas a creerme.

Es difícil quereme porque no puedes darme un abrazo cuando sabes que lo necesito porque no estoy bien.

Porque no puedes acompañarme a tomarme ese mojito que tanta falta me hace, pero no por él sino por tu compañía.

Sabes que tengo otras personas con las que compartir, pero hay veces en las que quiero que sea contigo y tú estás lejos, ¿o era yo la que estaba lejos?

Porque muchas veces me mientes diciéndome que estás bien porque no quieres preocuparme y yo juego a creerte.

Porque no me llamas todo lo que quisieras, estás muy liada con tu vida y tu también estás cansada.

Porque cuando estoy sólo puedes darme pedacitos de tu tiempo porque tu vida no se para sólo porque yo esté.

Es así, por fortuna la vida sigue su curso para todos y te das cuenta de que nadie es imprescindible y que a pesar de las ausencias uno puede ser feliz. 

Pero esos momentos de felicidad en ocasiones se ven empañados porque hay gente a la que quieres tener cerca desesperadamente.  Gente a la que es difícil querer porque no están y a la que les es difícil querete porque no estás.

Por eso hoy te doy las gracias por no dejar que la dificultad de la distancia acabe con tu amor por mí, como no acaba con el mío por ti. Gracias amiga, madre, compañera... Gracias a las mujeres de mi vida que tanta falta me hacéis.
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